22 nov 2008

Ni inocentes, ni culpables: corazones que destroza el temporal, carnes de cañón. No soy yo, ni tu, ni nadie; son los dedos, miserables, que le dan cuerda a este reloj. Y no hay lágrimas que valgan para volver a meternos en el coche, donde aquella noche en pleno carnaval te empecé a desnudar. El agua apaga el fuego, y al ardor los años. Amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño. Y cada vez peor, y cada vez más rotos; y cada vez más tu, y cada vez más yo, sin rastro de nosotros.